
La madre dijo, habló de tantas cosas, entre silencios, suspiros y frases que daban directo al corazón. No es que quisiera herirla. Era tan solo que así le habían enseñado a amar en sus tiempos: de forma fatalmente realista, donde siempre imperaba la carencia y no el potencial.
La hija, con miles de dudas, facilmente manejada por las palabras, por el tono; educada en este paraiso sufriente, resistía o callaba, retorciéndose por dentro, quedando sin energía. Era tan difícil salir del victimismo inútil, tan fácil hundirse en medio de la maraña de frases.
Tomó aire y dio una versión más alegre de lo que estaba aconteciendo, mientras los ojos de su madre se fijaban, se clavaban a los suyos, buscando tal vez algún error, algún engaño.
Los ojos hablaban por sí mismos. No era necesario ningún gesto. La hija sabía que no la había creido en absoluto.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
tus comentarios me hacen crecer